¿Y la tercera guerra mundial cuándo?

Soy de la generación X, pero me siento más cerca de los Millennials. Creo que puedo hablar con cierta autoridad sobre lo que vivieron, porque en el fondo me identifico como parte espiritual de esa camada de boludos. Sin embargo, en la práctica, mis principales contactos son de la generación Z, lo que me da una perspectiva más amplia. Es un tema recurrente señalar que ya hemos atravesado al menos tres apocalipsis consecutivos: la crisis económica de 2008, las protestas masivas con sus cambios de régimen en todo el mundo y la pandemia de COVID, que aún parece un mal sueño de casi tres años con mascarilla incluida.
La sensación de que seguimos consumiendo cataclismos no se desvanece. Apenas dejamos atrás una preocupación, otra aparece a la semana siguiente. El cambio constante de banderas de apoyo en los perfiles de redes sociales ya es un meme en sí mismo. A estas alturas, nadie tiene claro quién es el “bueno” de la película, pero sí sabemos quiénes son los malos: todos.
¿Y la Tercera Guerra Mundial para cuándo?
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¿Y si te digo que la Segunda Guerra Mundial nunca terminó?
Oficialmente, tras la derrota de los nazis a manos de las fuerzas aliadas, el mundo decretó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Se repartieron el botín, se estrecharon manos, nació la ONU y todos acordaron no volver a usar bombas atómicas, que son malas para la salud, ¿no?
Pero, en la sombra, tanto estadounidenses como rusos se dividieron a los científicos de los vencidos. Con el proyecto Paperclip, los gringos reclutaron a los mejores cerebros de Hitler para su programa espacial y para perfeccionar cohetes. Recientemente descubrí que los rusos tuvieron su propia operación, llamada Osoaviakhim, donde más de 2500 especialistas nazis cambiaron la cerveza por vodka y se pusieron a trabajar en armas nucleares y todo tipo de armamento.
En cuanto a los científicos y médicos japoneses de la Unidad 731, solo los estadounidenses les vieron utilidad; los rusos, en cambio, los llevaron a juicio. Sin embargo, muchos de esos japoneses, pese a sus crímenes, siguieron adelante. Fundaron la Green Cross Corporation, que tras varias fusiones y cambios de nombre, hoy es conocida como Tanabe Pharma, heredera del legado de los experimentos inhumanos realizados sobre prisioneros chinos.
El período posterior a la guerra, conocido como la Guerra Fría, fue en realidad una serie de intervenciones para posicionar gobiernos en puntos estratégicos del mundo. América Latina, sin ir más lejos, fue una de las regiones más afectadas por estos juegos de poder. Si consideramos cada golpe de Estado y conflicto bélico desde 1945 como parte de un paquete continuo de batallas por la supremacía armamentística y logística global, entonces debemos concluir que la Segunda Guerra Mundial nunca terminó. Sigue vigente hasta el día de hoy.
Los escenarios han cambiado, las armas se han vuelto menos explosivas y más psicológicas y económicas. La batalla final se libra en la cultura de las poblaciones, donde los soldados ya no llevan uniforme, sino que son tribus y colectivos. La cultura misma se ha convertido en un arma.
Entonces, ¿qué esperamos que pase? El fuego nuclear desinfectante parece una fantasía lejana, lo cual me alivia, porque de eso no hay retorno. Sin embargo, el fin del mundo no tiene por qué ser un desierto radioactivo; podría ser más bien una estructura carcelaria, llena de cámaras, sensores y la idea de que esta realidad opresiva es nuestro ideal como sociedad.
No tendrás nada y serás feliz
El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) parece sacado de una película de James Bond, con villanos de caricatura. Su ex presidente, Klaus Schwab, era la personificación de un tecnócrata alemán, proclamando que deberíamos abandonar la idea de poseer cosas y vivir bajo un gobierno mundial que controle nuestro consumo, sirviéndonos un “delicioso” puré de grillos con aminoácidos y sal como ración diaria. Sin embargo, la percepción pública sobre su figura parece haberlo forzado a renunciar al cargo en 2025.
Algo que he aprendido sobre las operaciones psicológicas (psyops) es que siempre te muestran primero la peor versión de lo que planean, para calibrar cuánto estás dispuesto a aceptar. El nuevo presidente del WEF, el noruego Børge Brende, parece más moderado y presentable. Estoy seguro de que, si nos propone una renta básica universal, muchos saltaríamos de alegría. Claro, para acceder a ella habría que registrarse en un sistema de créditos sociales, implantarse un chip y aceptar limitar el consumo de carne animal a lo “razonable” para mantener el sistema funcionando.
¿Por qué mierda me hablas de esto? ¿Qué me importa el WEF?
No es que me obsesione pensar en ellos. Mi punto es que este es un camino posible para la humanidad, uno que, a mi parecer, está lejos de representar libertad y no me simpatiza. Más allá de enfocarme en el WEF, quiero señalar los intereses de las élites sobre el resto de la población. Vivimos con la idea de que el mundo está en caída libre, que el cambio climático nos va a calcinar. Aunque las temperaturas han subido en la última década, los pronósticos apocalípticos que nos bombardearon desde 2009, asegurando que estaríamos bajo el agua para 2020, han ido retrasando sus fechas, pero el miedo persiste. Y ese miedo nos ha llevado a aceptar cambios en nuestras vidas: prohiben las bombillas de plástico por unas de papel que no aguantan ni tres sorbos, pero es una molestia menor, ¿verdad?
La pregunta es: ¿cuál es la verdadera intención detrás de todo esto? ¿Salvar el planeta o probar hasta dónde se puede controlar a la población?
Internet, el gran dolor de cabeza de las élites
A pesar de los avances en la centralización de internet, sigue siendo un espacio de libertad de expresión que los gobiernos no logran domar por completo. Incluso cuando cortan el acceso en un país entero, herramientas como Starlink permiten que las personas se conecten, como sucede ahora en Irán, en medio de una revolución sangrienta contra el régimen del Ayatolá. Pero esto no durará para siempre. Ya he mencionado los intentos del Reino Unido de prohibir plataformas como X o de controlar el acceso a sitios para adultos como excusa para obligar a los usuarios a identificarse con reconocimiento facial, entre otras medidas.
Aun así, internet resiste. Es el último campo de batalla de esta guerra mundial que todos quieren conquistar. El problema es que estamos confundidos sobre cómo defenderlo y, sobre todo, qué estamos defendiendo exactamente.
Creo que lo fundamental es la neutralidad de la red, un concepto algo olvidado porque incluso quienes lo promovían se dieron cuenta de que chocaba con sus propias ideologías. Los que disfrutamos de esta libertad de expresión radical debemos ejercerla con cautela; el doxxing, por ejemplo, es razón suficiente para no convertirse en el blanco de un grupo. Los tiempos cambian, y con ellos, lo que se considera socialmente aceptable. Hay una sed de libertad para opinar, y en mi opinión, es también una necesidad, un derecho humano esencial.
Volviendo al tema de la Tercera Guerra Mundial, creo que lo que nos espera no es necesariamente un conflicto bélico tradicional, sino una amenaza más interna. La industria armamentística ha evolucionado, dejando atrás la violencia física para centrarse en el control, específicamente el control mental.
El primer paso para defendernos es apagar las voces de la pantalla. Ese scroll infinito entre videos se ha convertido en el peor veneno para nuestro sentido común. Estamos reemplazando el pensamiento crítico por la voz de alguien que se parece a nosotros, y esa similitud despierta empatía por la familiaridad de su rostro o la simpleza de su mensaje. Antes de que te des cuenta, ya te ha atrapado y adoptas sus ideas como propias. Es un adoctrinamiento remoto, un psyop en toda regla.
¿Psyop o simple meme?
Por lo general, los reels que consumimos son muy explícitos con su mensaje: teme a esto, enójate por aquello, mira lo que dijo el presidente de turno (sacado de contexto, claro). Y luego, de repente, un gato tocando una gaita en la puerta de una casa. Es absurdo que ahora tengamos que entrenar nuestra atención para clasificar lo que vemos entre “cosas graciosas” y “cosas que intentan manipularme”. La propaganda es un arte que se ha perfeccionado desde los tiempos de los soviéticos. Para un ermitaño digital, lo más sano es vivir en una profunda desconfianza de todo lo que ve y con lo que interactúa.
Conclusiones
La guerra mundial nunca terminó; solo han cambiado los escenarios. Todos somos parte de este conflicto, queramos o no. Somos aliados y rivales al mismo tiempo, y al final, tendremos que decidir si daremos la vida por una causa o si haremos de nuestra vida una causa por la que luchar.
El mundo no se está cayendo a pedazos, pero tu mente sí puede hacerlo. Lo más importante es recordar que tu percepción de la realidad es tu mundo, y eso es lo que debes proteger. El día que pierdas la conexión con tu propia realidad, el día que la esquizofrenia o la manipulación te atrapen, habrás perdido la guerra. Todo lo demás es irrelevante: las noticias son propaganda, nadie graba un video ni escribe un artículo sin un interés personal detrás. Estamos solos.
Cuídate ahí afuera.